La era de la Posverdad

Así como la palabra posguerra significa “después de la guerra”, algunos expertos afirman que hoy vivimos en la era de la “posverdad”, una nueva realidad en la cual los políticos pueden hacer declaraciones falsas sin que nadie los desmienta. Esto no es un fenómeno nuevo. Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda de la Alemania Nazi del Tercer Reich, hacia alarde de su habilidad para manipular la opinión pública. Para los que no comprenden cómo puede Donald Trump decir mentira tras mentira que millones de personas creen, esta es una de las citas célebres de Goebbels:

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“No sería imposible probar que con suficiente repetición y un entendimiento psicológico de la gente que nos concierne, que un cuadrado es en realidad un círculo. Son solamente palabras, y las palabras pueden moldearse hasta que encubran las ideas y engañen”.

Lo asombroso para mí es que en el año 2017, cuando supuestamente tenemos a nuestra disposición a un gran número de fuentes de información para corroborar los hechos, seamos tan fácilmente engañados. En la década de 1940, la información se diseminaba por los medios de comunicación impresos y por la radio. Era más fácil en ese entonces que los gobiernos controlasen las fuentes de información. No existía la red del Internet y los miles de millones de cámaras y teléfonos que todo captan y difunden. Los gobiernos emitían sus comunicados de prensa propagandista los cuales requerían tiempo para difundirse y mucho más para que los interesados investigasen su certeza. Por eso yo justificaba que hace 75 años fuera posible que surgieran demagogos que cautivaban a las masas y llevaban a la ruina a sus países. Por esa misma razón creía que era imposible que en el presente volviera a suceder.

Ayer en el aniversario del bombardeo de Pearl Harbor, renacieron los comentarios sobre la teoría de conspiración de que el entonces presidente Franklin Roosevelt sabía de la invasión japonesa y que no hizo nada al respecto para unir al pueblo americano y convencerlo de participar en la Segunda Guerra Mundial. Hay quienes lo creen y otros no. No hay forma de verificar lo que sucedió. Es casi como creer o no creer en Dios.

Durante su campaña, Trump declaró que Obama fue el fundador de ISIS; que el padre del senador Ted Cruz estuvo involucrado en el asesinato de John F. Kennedy; que vio en la televisión a miles de musulmanes en Nueva Jersey celebrando el ataque a las Torres Gemelas. El general que escogió como su futuro Asesor de Seguridad Nacional propagó a través de Twitter que los Clinton están involucrados en una red de traficantes de niños. No hay ni un solo rasgo de evidencia en estas acusaciones. No puede usarse el mismo razonamiento que el de las conspiraciones que no pueden comprobarse. Son simplemente mentiras. ¿Habrá gente que las cree?

De acuerdo con los datos que publica el propio Departamento de Seguridad Nacional de EEUU, tampoco es cierto que hay millones de indocumentados mexicanos en Estados Unidos con antecedentes criminales. Pero no importa. Al fin y al cabo lo cuadrado está redondo.

Falsas Esperanzas

Es parte de la naturaleza humana pensar que las situaciones problemáticas que a veces vivimos se van a resolver por sí mismas. Por ejemplo, cuando una pareja tiene una relación que no funciona, que siempre están peleándose, con frecuencia piensan que al día siguiente la relación cambiará y será mejor. Desgraciadamente puede pasar mucho tiempo con esta falsa esperanza mientras los pleitos continúan.

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Pienso que esto es lo que está pasando con las expectativas sobre cómo afectará a México la presidencia de Donald Trump. Mis sabios amigos me dicen que no hay que preocuparse, que ya siendo presidente Trump no podrá cumplir con sus promesas de crear trabajos, abandonar los tratados comerciales, desconocer los acuerdos sobre el calentamiento global que tantos años tardaron en forjarse, deportar a millones de mexicanos, suspender los subsidios a las organizaciones de planeación familiar, desmantelar Obamacare, y muchas otras iniciativas contrarias a las políticas de los últimos 40 años de ambos partidos cuando han estado en el poder. Nos invade la falsa esperanza de que amanecerá un nuevo día cuando Trump será otra persona. Un hombre que no sea arrogante, egocéntrico, impulsivo, irrespetuoso, irrazonable, mentiroso, vengativo y odioso.

Vivimos en una época sin precedentes en la cual el presidente electo del país más poderoso del mundo se comunica directamente con sus rábidos seguidores, sin filtros, a través de su cuenta de Twitter. Por medio de tweets de 140 caracteres o menos, Trump transmite sus falsedades y mensajes de odio que dividen a la opinión pública del mundo. Divide con tweets y vencerás.

Durante su campaña política Trump tuvo constantes episodios de tweeteo frenético (perdonen el nuevo verbo) en las madrugadas en donde arremetía en contra de cualquiera que se atreviera a criticarlo, ya fuese la prensa, los padres de un soldado que entregó su vida en la guerra, o una antigua Miss Universo que atacó por haber subido de peso. Todos teníamos la falsa esperanza de que esta manera de actuar solo era una artimaña electoral para atizar la furia de la clase trabajadora que votó por él.

Pero esta semana se demostró que todavía no llega el nuevo amanecer que ansiosamente esperamos. Como Trump está ardido porque aunque ganó la elección Hillary Clinton obtuvo ampliamente la mayoría de los votos, primero declaró que si el objetivo de la elección fuese ganar más votos, también hubiese ganado porque su campaña hubiera sido diferente. Después dijo que Hillary ganó el voto popular solo por los votos de millones de ilegales. No hay una sola evidencia de que esto haya sucedido. Después dijo que hubo fraude en California y otros estados donde ganó Clinton, una declaración irrisible y absurda que sacude a los cimientos democráticos del país. También está protestando los recuentos que se llevarán a cabo en algunos estados, siendo que lo racional sería que los apoyara, puesto que él mismo dice que hubo fraude.

No sabemos todavía cómo y cuánto afectará a nuestro país la política de Trump. Pero no hay que tener falsas esperanzas de que no pasará nada.

Luditas Tijuanenses

Los luditas del siglo XIX, durante la Revolución Industrial, fueron artesanos de la industria textil en Inglaterra que protestaron en contra del uso de nuevas máquinas para hilar y tejer. La palabra ludita se deriva del nombre del personaje real o ficticio llamado Ned Ludd, quien supuestamente destruyó un par de las primeras máquinas tejedoras en 1779. Las máquinas hicieron posible que otras personas con habilidades diferentes reemplazaran a los artesanos. Por muchos años hubo enfrentamientos entre el ejército inglés y los luditas, cuya misión era destruir las máquinas con la falsa esperanza de detener el progreso.

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Los transportistas de Tijuana son los nuevos luditas que se oponen al Sistema Integral de Transporte de Tijuana, el nuevo sistema que se inaugurará este mes de noviembre, no obstante que aún falten meses para que se termine su construcción. En vez de destruir máquinas de tejer, los transportistas bloquearon por más de seis horas una de las más transitadas vialidades de nuestra ya de por sí muy congestionada ciudad. Amenazan con seguirlo haciendo para “proteger su patrimonio”.

El desarrollo sustentable de nuestra ciudad depende de un buen servicio de transporte, el cual Tijuana carece. Nuestra ciudad tiene la deshonrosa distinción de tener uno de los sistemas de transporte más ineficientes y caros de todo el país. Tenemos un sistema anquilosado y obsoleto con rutas mal planeadas, equipo viejo y un número excesivo de unidades de transporte. En ciudades con transporte bien organizado como Madrid y París, hay un taxi por cada 1,000 personas. De acuerdo con estas cifras, en Tijuana hay más de cuatro veces lo necesario. Además, la mayoría de los autobuses urbanos son antiguos autobuses escolares con una sola puerta con asientos diseñados para niños.

Yo no culpo a los luditas tejedores por sentirse agraviados. Fueron víctimas de la tecnología y el capitalismo cuya meta no es crear trabajos, sino maximizar las ganancias de los inversionistas. Esto continúa hasta la fecha y fue el motivo principal de la victoria de Trump: el descontento de la clase trabajadora por los estragos causados por la tecnología y la globalización.

Tampoco culpo a los transportistas por sentirse agraviados. Para bien o para mal, ellos participaron en sociedad con el gobierno para adquirir placas a muy alto costo (hay ciudades en nuestro país, como Cancún, en donde una placa de taxi vale millones de pesos). Los mismos gobiernos municipales fueron los que causaron el problema del transporte de Tijuana al otorgarle un número excesivo de placas a numerosos particulares y empresas.

Los transportistas ahora ven con desmayo la llegada de Uber y el SITT a trastornarles su modus vivendi. Los transportistas que protestan se quejan de que no participaron en el proceso de la creación del SITT, y no lo dudo dada la incapacidad del gobierno de comunicar sus metas a sus ciudadanos.

Tijuana necesita el SITT. Los transportistas necesitan sus trabajos. El próximo gobierno municipal tiene un reto muy difícil para resolver este conflicto de una manera que beneficie a la mayoría de la población. Por cierto, los luditas perdieron la guerra.

México y la legalización de la marihuana en California

Indudablemente la elección de Donald Trump es algo muy negativo para México, no obstante cuánto nos diga nuestro gobierno que “nos está blindando” para cualquier eventualidad. Pero el tema de estas Cavilaciones no es Trump, sino otro suceso que también afectará a nuestro país pero que no ha recibido mucha atención debido a la habilidad de acaparar los reflectores del neo-político de color anaranjado. Se trata de la legalización de la marihuana para uso lúdico en el estado de California y en otros más.

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En California, que si fuera un país sería la sexta economía más grande del mundo, a donde puedo llegar en 15 minutos desde mi casa en Tijuana, será legal dentro de un año consumir productos derivados de la marihuana. Aquí en mi ciudad me podrían arrestar.

En México absurdamente continuamos la guerra inútil contra la producción de marihuana cuyo mercado final es Estados Unidos. Esta guerra está patrocinada en gran parte por ese mismo país que poco a poco está legalizando el producto que no quiere que México les envíe. ¿Para qué mueren miles y miles de mexicanos en una guerra para frenar el narcotráfico si es legal el producto que nos exigieron que combatiésemos su producción?

Aún peor, la marihuana mexicana por el momento no podrá competir fácilmente con la que se produce en Estados Unidos por varios motivos. Uno es que las leyes de los estados exigen que solo se consuma legalmente lo que se produce dentro de sus límites territoriales. Para el gobierno federal la marihuana sigue siendo ilegal y se prohíbe transportarla entre los estados. La creencia antes de la elección de Trump era que el gobierno federal relajaría estas leyes. Hoy no se sabe lo que va a pasar. Otro motivo es que desde antes que se legalizara la marihuana en Colorado, los visionarios emprendedores del cannabis han invertido cientos de millones de dólares, legalmente, para desarrollar métodos de cultivo efectivo de muchas variedades y productos de marihuana para satisfacer el gusto de los consumidores. En otras palabras, la marihuana que se produce en California es preferible a la de México.

Es irónico que haya tanta gente en las cárceles de California por posesión de marihuana, la mayoría miembros de minorías, y que de un día para otro se propague una “fiebre de la marihuana”, como fue la del oro en el siglo XIX, en la cual los que cosecharán los frutos serán los nuevos empresarios blancos. Supuestamente liberarán a los encarcelados por delitos menores de posesión (justamente).

Hay que afinar muchos detalles antes que la ley surta efecto en California en el año 2018. Habrá muchos reglamentos locales que los municipios podrán establecer. Igual que sucedió en Colorado cuando se legalizó en el 2014, en California no se permitirá su consumo en lugares públicos. Sin embargo, esto también cambiará. La ciudad de Denver en estas elecciones pasadas aprobó el uso de productos de marihuana en bares y restaurantes. La Ciudad a Una Milla de Altura hoy tiene más tiendas de marihuana que de Starbucks y McDonald’s.

Trump tenía razón

Acabo de escuchar en estos momentos el discurso de Hillary Clinton después de concederle esta madrugada la victoria a su rival Donald Trump, el presidente electo de los Estados Unidos. Admiro la entereza, valentía y fortaleza de espíritu de Clinton. Mencionó que su derrota es muy dolorosa y lo será por mucho tiempo. Aún así, siguiendo la gran tradición democrática de su país, les dijo a sus seguidores: “Trump será nuestro siguiente presidente. Le debemos una mente abierta y la oportunidad de liderar”. Y lo hará con la mayoría republicana en el Senado y la Cámara de Representantes (algo que me da pavor).

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Fue notable el fracaso total de la ciencia de las encuestas. Todas apuntaban a una victoria contundente de Clinton. Trump repetía en todos sus discursos: “No crean lo que dicen las encuestas. Están amañadas”. Trump tenía razón. Durante muchas décadas, las campañas políticas democráticas del mundo han utilizado entrevistadores para colectar datos que ayudan a afinar sus mensajes centrales y a predecir los resultados de las elecciones. Muchos encuestadores se hicieron famosos por utilizar fórmulas complejas para predecir los resultados. Ya vimos lo que pasó con el Brexit y con el voto por la paz en Colombia. No funcionaron. Trump tenía razón.

Durante los últimos 8 años los analistas políticos predecían que el Partido Republicano estaba cometiendo suicidio por ignorar a las minorías, a los discapacitados y a la comunidad LGBT. Cuando Trump ganó la candidatura, muchos personajes de su propio partido lo rechazaron como si fuera un zorrillo. Trump no les hizo caso y de manera contraria no hizo ningún esfuerzo para atraer a la población que supuestamente era indispensable para ser electo presidente de los Estados Unidos. Trump pudo identificar el descontento de una gran parte de la población blanca que, como ya vimos, todavía tiene la fuerza política para elegir al jefe máximo de la nación. Trump tenía razón.

Durante el segundo de los debates, cuando Clinton distrajo a Trump al recordarle la forma en que había humillado públicamente a una antigua reina de belleza porque había engordado, por varios días Trump envió mensajes a su cuenta de Twitter defendiendo su posición. Todo mundo decía que eso probaba que Trump estaba fuera de sus cabales y que era inelegible. Trump ignoró a su propio equipo de campaña y nunca se retractó ni pidió disculpas por una sola de sus declaraciones incendiarias. “Mis seguidores me quieren y nunca me abandonarán”, contestaba Trump. Trump tenía razón.

Anoche en el canal CNN de Estados Unidos, el moderador le preguntó a Corey Lewandowski, quien por un tiempo fue jefe de la campaña de Trump, que según su opinión cuál era la causa principal de la victoria Trump. Contestó: “Porque a la gente le gusta que les hablen con la verdad”. Lo dijo sin sonrojarse aún cuando él sabe muy bien que Trump mentía todos los días y que hizo promesas que no podrá cumplir. Trump sabía que estaba rompiendo todas las reglas pero nunca dudó que ganaría. Trump tenía razón.