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El Perdón de Arpaio

En un campo de concentración surreal al aire libre, adyacente a una prisión y protegido por una cerca metálica coronada con alambre de púas, docenas de reclusos vestidos con uniformes blancos con rayas negras, copiando la moda que favorecían los nazis, realizan trabajos forzados encadenados unos a otros sufriendo el infernal clima del desierto. Viven en tiendas de campaña que primero se usaron durante la guerra de Corea en los años 1950; están en tan mal estado que no pueden proteger a los internos del polvo, la lluvia y los vientos. La temperatura en el invierno baja a 5°C y en el verano sube hasta 54°C. Como toque final de humillación, todos están obligados a usar ropa interior color rosa, “para prevenir que se la roben los prisioneros”. Los residentes de esta llamada Ciudad de las Tiendas de Campaña (Tent City), tienen algo en común: son indocumentados latinoamericanos, la mayoría mexicanos, que están ahí gracias a Joe Arpaio, el infame ex-alguacil del Condado de Maricopa en Arizona.

tent city

Al principio los reclusos ingresaban ahí después de haber sido arrestados por haber cometido alguna infracción menor. Posteriormente esta cárcel se llenó de personas detenidas ilegalmente bajo la simple sospecha de estar en el país sin documentos. Ahí permanecen por meses hasta que las autoridades migratorias determinan la resolución final que invariablemente es la deportación.

Arpaio no escondía las irregularidades y abusos de su cárcel, las presumía con recorridos para políticos, incluyendo algunos candidatos presidenciales republicanos. En Estados Unidos, los alguaciles son electos por la ciudadanía con su voto. A pesar de las irregularidades y la infamia de esta cárcel, en donde han muerto misteriosamente algunos reclusos, el alguacil fue reelecto a su puesto por varias décadas. Adquirió fama y seguidores en un segmento antiinmigrante de la población por defender la frontera sur de su estado de la invasión de los ilegales.

Los admiradores de Arpaio, tienen el mismo perfil general de los seguidores de Donald Trump. Son blancos que sienten temor debido a que pronto ya no serán la mayoría en su país. Son personas con bajo nivel de educación que necesitan a alguien a quien culpar por la desaparición de los trabajos de manufactura y minería y que quieren regresar al pasado. Los principales culpables para ellos son los inmigrantes y la globalización que trae consigo la exportación de trabajos a otros países con mano de obra barata, como México. Los mexicanos somos los mayores villanos porque según ellos estamos robándoles los trabajos de dos maneras: como indocumentados en su propio país, y como ladrones de los empleos de manufactura que ahora residen en México.

Fueron tan flagrantes las infracciones de Arpaio por arrestar a gente que no había cometido ningún crimen, sino solamente por parecer mexicanos, que su suerte parecía que por fin se le había acabado cuando un juez lo declaró culpable en el año 2016 de violar una orden que se le dio 5 años antes de suspender ese tipo de arrestos. El alguacil desobedeció la orden por más de cinco años. Su sentencia apenas se iba a declarar el próximo mes de octubre.

Pero llegó el presidente Trump montado en su caballo blanco para hacer algo que nadie pensó que se atrevería a hacer: le otorgó a Arpaio un perdón presidencial. Trump perdonó a un oficial que violó descaradamente su juramento de obedecer las leyes y la Constitución. Al mismo tiempo confirmó su desprecio por los mexicanos y continuó con su misión de dividir a la nación y al mundo. Si existía alguna esperanza, cuan más pequeña, de que Trump tenía un gramo de moralidad en alguna parte de su cuerpo (alma no tiene), se esfumó con esta decisión.

Trump y Arpaio siempre han tenido una sociedad de admiración mutua. Los dos atizan con su lenguaje, anteriormente codificado y hoy sin velos, los sentimientos nacionalistas racistas de la base política sólida que hoy apoya a Trump. Arpaio y Trump son los abanderados de millones de americanos que comulgan con sus sentimientos racistas. Durante décadas se intentó cavarle una tumba al racismo norteamericano. En menos de un año Trump lo desenterró y hoy corre libre por todos los rincones de Estados Unidos.